La Granada

Llego tarde, en camiseta y con los vaqueros magdalenos. Me miran. Me siento. Mi hermano del alma me hace un guiño sonriente, de orgullo. Pura raza. Dos fajadores sin título en la sangre y un comisario del establishment local. Estoy por pedirme “huevos fritos con chorizo” como cuando el duque le pedía en El Elíseo un vaso de leche a Giscard. En ese restaurante el gran Jiménez Lozano ya lo había hecho. Castellanos viejos. Yo no iba a ser menos, pero hasta los “huevos fritos” los han deconstruido. España va mal, lo dice Santi. Mi hermano del alma está ágil, encantador y sonriente. Señal inequívoca de la que se avecina. Va y dispara, “sois unos cabrones, son miles de euros los que están retenidos injustificadamente, miles de euros y la posibilidad de impulsar un gran proyecto empresarial”. “Es irregular dejarnos fuera, tengo un informe de…”. Yo matizo: “sois unos cabrones y unos hijos de puta”. El comisario sabe que tenemos razón. Hasta le gusta nuestra actuación de parvenus heridos. Todo cambia, también el gesto, cuando entra el number one y nos saluda con caluroso afecto, sin dar importancia a los atuendos, mirando a la cara. Como un hombre. Su figura firme impone. El comisario ya es persona. Volvemos a hablar de futbol. No hay más que hablar. Mi hermano del alma no espera a la burocracia y lo celebra con cava en una tasca. Yo me voy a la Filmoteca con María F. Con traje y corbata.

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