Servicio
Has podido escaparte hacia las diez, en un descuido, o por la ventana, aprovechando los crespones de la noche. Ya hay quien se ha dado el piro. En cambio has decidido quedarte hasta el final. Te pusieron de centinela para que Suárez no volviera al salón de plenos. Has ido por los pasillos trayendo guardias para que le escuchen. Hasta quince ha llegado a haber en algún momento. Tejero ha venido a ver qué coño pasaba. Te ha ordenado que te quedaras solo con tu prisionero. Te has prometido a ti mismo que nadie le va a hacer daño. Ahora mismo, al filo del amanecer, cuando vuelva el teniente coronel de los bigotes y apunte al reo, se oirá, a su espalda, el chasquido del cierre de seguridad. Apuntarás. Si hace falta le darás el viaje. Cualquier cosa antes de consentir que maten al presidente constitucional. Lo has jurado por la gloria de tu madre. No ha nacido payo que te sople la dama. Serás héroe durante una fracción de segundo. Luego, sin saber por qué, Tejero se dará la vuelta y bajará su pistola. Asqueado pero sin disparar. Saludará, incluso. Como un buen militar. Le dirás lo que está obligado: “A sus órdenes, mi teniente coronel.” Igual que cuando se termina cualquier servicio de rutina.
La trama de los escribanos del agua
Josep Melià